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 Mi caja de Pandora

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Luna
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MensajeTema: Mi caja de Pandora   Mar Sep 23, 2008 2:43 am

"Esther"


Hace días que no habla, no cree que nadie eche de menos sus palabras, porque casi nunca nadie repara en ella. Pero una vez más está equivocada, para Mario, no escucharla hablar es como haber perdido una mitad de algo, es como encontrar algo incompleto y que necesita continuación.

Así que se arma de valor y le pregunta porque no habla, ella sólo responde con un gesto de sorpresa, nunca se hubiera imaginado a Mario preguntándole nada, y mucho menos eso. Al final dándose por vencido ante su silencio, Mario la invita a un café, para hablar, añade, porque el gesto de sorpresa en el óvalo que es la cara de ella se acentúa. Ambos rien.

Una vez se han sentado en la mesa de la cafeteria, la más apartada, a ella no le gustan las multitudes, comienza a hablar.

Hace días que no habla, pero ahora los motivos le parecen tontos, está sentada con Mario y él la mira directamente a los ojos, sólo desvía la mirada de vez en cuando a sus labios. Poco a poco la cafetería se llena, de chicos jóvenes que acaban de salir de clase y van a tomarse algo. Y él para que ella le escuche tiene que hablarle al oído, y esos pequeños susurros lanzan impulsos a su cerebro inspirándole ideas nada puras sobre su compañero de trabajo. Al final ella le propone salir del local, no se siente nada cómoda en un lugar público, lleno de gente y pensando obscenidades. Él acepta y le propone ir al sitio que ella elija, ella incapaz de pensar con claridad le propone ir al cine, inconsciente de que ambos deberán sentarse juntos y que si quieren hablar van a tener que seguir susurrándose al oído.

Están viendo la película y de repente él le murmura algo sobre la escena que acaban de ver. Y cuando ella se gira para responder, los labios de ambos se encuentran con una pasión descontrolada para lo poco que han hablado. Se acaba la película y ambos son descubiertos en la falta, se sonrojan y se rien.

Se suben al coche, y Mario conduce hasta la casa de ella, antes de despedirse se produce un silencio un poco incómodo, que dura lo justo para que los labios se encuentren de nuevo, y las manos se embarquen en la aventura de la pasión.

Los cristales del coche se empañan, haciéndo el coche un lugar mucho más privado. Los dedos de Mario la recorren como si fuera una escultura de cristal, y la hacen estremecerse. Se introducen en el interior de la ropa y buscan y encuentran aquellos puntos de máximo placer. Sabe manejar esos dedos tan bien sobre sus pezones y su interior que al cabo de unos minutos, entre gemidos sólo puede pronunciar la palabra que él lleva esperándo oir todo el día: "Mario". Lo repite como si de una canción se tratase, y a la vez le besa, le muerde y le acaricia poco a poco. Y cuando él está tan sumamente excitado que sólo puede, y quiere, dejarse hacer. Ella se sienta sobre él, y comienza la pequeña danza entre dos, ella ha tomado la iniciativa, pero él tampoco quiere quedarse atrás, lleva una mano a los pechos de ella y la otra a su clítoris.

Al final cuando están a punto de alcanzar el clímax, Mario le gime al oído: "Esther". Y al oir su nombre tan lleno de placer en los labios de él, se corre, con tanta pasión que arrastra la conciencia de Mario al delirio haciéndolo llegar al límite del placer al mismo tiempo que ella.

Hace un par de horas que no habla, y Mario ya ha interpretado su señal, esta noche ambos se perderán igual que llevan haciendo todas las noches desde el primer silencio de Esther, en el lugar donde la cordura y la razón se esconden y le dejan sitio a la pasion y la lujuria.

No me acaba de convencer, quizá soy muy exigente, pero es el primer relato que habita este pequeño rincón, así que creo que debería ser mejor, a mi entender... Rolling Eyes Espero que a vosotros os guste Very Happy

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MensajeTema: Re: Mi caja de Pandora   Miér Feb 11, 2009 4:41 am

"¿Errores?"


Se escucha el sonido de unos tacones, aparecen las curvas de una mujer en escena, simplemente tratando de sentarse en el mullido sofá. Lo hace relajadamente, se recuesta y se inclina de manera que queda hueco para otra silueta masculina que también se sienta en el sofá, cerca suya, y se acomoda apoyándose en el pecho de ella, dado que la película les parece interesante a ambos.

Ella le pide permiso para acariciarle los cabellos, él mirándola a los ojos se lo concede. Pasan unos minutos, pero podrían haber pasado fácilmente varias horas, en silencio, y cuando ella lo escucha suspirar, le pregunta qué sucede. Él simplemente le dice que no se preocupe, pero que sus caricias le han provocado un escalofrío, la columna brillante que es su cuello de mujer se inclina en un ademán de asentimiento a su respuesta.

El hombre se remueve contra sus pechos, y le pide si por favor puede apartarse el suéter que lleva encima de la camisa, ya que le molesta en la oreja, ella se inquieta un poco, pero le dice que vale, aunque también le confiesa que la camisa lleva un pequeño bordado, y él, aunque molesto, vuelve a recostarse contra ella. Al cabo de un par de minutos ella lo ve moverse furioso contra la rosa de la camisa, y le comenta de taparla con una sábana o de, directamente, desabrocharla y que él se apoye en la suave superficie lisa del sujetador. Dada la confianza de los dos, se decantan por la segunda opción, de manera que ella, si no fuera por la cercanía de él, tendría frío.

Ella retoma la tarea de acariciarle el pelo, mientras él asciende la mano y comienza a acariciar el pecho de ella, intranquila da un respingo y él le pregunta si está molesta, tan cerca de sus labios que en vez de oírlo lo descifra por el susurro de su aliento. Ella, casi inmovilizada por la mirada tan masculina y penetrante que le observa los labios, responde, tímida y entrecortadamente, que no. Pero aún así, sus caricias la van haciendo estremecer cada vez que esos dedos, que ahora le parecen salvajemente alocados, la rozan.

Al final, la que suspira es ella y él, repitiendo la pregunta que antes hiciera ella, la interroga queriendo saber si está bien. Sus delicadas mejillas, rojas por el momento, se inclinan hacia arriba formando una sonrisa, y le responde acercándose un poco más, si es que eso era posible, que las venganzas con ella no sirven. Él, extrañado, le pregunta el motivo de sus palabras y ella, en silencio, acaba de cerrar el espacio que quedaba entre las bocas de ambos.

El hecho de que ella no lleve suéter y su camisa esté desabrochada, les pone las cosas más fáciles, él por su parte siempre ha querido sentirla, lo que todavía les da más facilidades. No pueden hacer ruido, la gente está durmiendo detrás, y ninguno quiere despertarlos, y eso todavía los incita más a besarse y acallar mútuamente los suspiros y gemidos del otro. Debido a eso tampoco quieren profundizar mucho más en esos descubrimientos que están haciendo ambos, pero las manos hablan por ellos, y se deslizan suavemente. Las de él, a sus pechos, las de ella a su pantalón.

Las manos de él dejan paso a sus labios, y ella estira su columna como su fuera un arco vibrante debido al palpitante placer que se acumula en sus pezones y empieza a bajar hacia su ombligo, él parece querer succionar su ser, y cuando ella le pide que por favor se detenga, que no puede más, él le susurra al oído: “Eres mejor que todo el chocolate del mundo”, y ella se abandona a sus labios y al cuerpo de ambos, porque sabe que él adora el chocolate, y que ella está convirtiéndose en su nueva adicción.
Las manos de ella, de nuevo, retoman la tarea de deshacerse del pantalón vaquero que las detiene, una vez lo logran, ella ve recompensadas sus esperanzas, allí se alza lo que busca su centro cerebral del placer. Lo que ambos saben que ocurrirá a partir de este momento, les asusta y les excita todavía más. Ella suavemente se introduce entre la ropa interior de él y su piel, y acaricia el bastón de jade que, acusadoramente, la señala como la próxima víctima de su cacería. Él suspira tan fuerte que ella se siente poderosa, y por ello se despide con una caricia, todavía más tenue, de su virilidad, y le besa los labios con furia, como indicándole, que ninguno de los dos puede frenar esa lujuria que se ha apoderado de la noche.

Ambos se levantan del sofá, y con cuidado de no hacer ruido y despertar a nadie, se dirigen a la habitación vacía que está al lado del comedor. Se reclinan hacia la cama y, antes de llegar a la mullida superficie, todo rastro de tejido entre ambos cuerpos ha desaparecido. Con suavidad, ambos se miran, se sonríen y comienzan de nuevo las caricias. Ella, ya sin miedo, gime ante el roce de la mano de él entre sus piernas, y la masculinidad de él se acerca con un movimiento de sus caderas anhelantes.

El preservativo lo pone ella con manos hábiles y desesperadas, y después, la primera acometida se acompaña de un gemido ronco de la garganta de él. Ambos saben que no les resta mucha distancia de las estrellas, y por ello se besan frenéticamente varias veces antes de saber que el aire empieza a faltarles, y que sólo deben mirarse a los ojos en ese momento crucial para ambos. Los gemidos y suspiros se suceden cada vez más rápido, hasta que al final, mientras ambos susurran el nombre del otro, viajan disparados a la Vía Láctea en un cohete blanco que despega con frenesí. Se dan un último beso, mientras se levantan y ambos van a lavarse después de la pasión que ha inundado el cuarto por un momento. Una vez arreglados, salen del dormitorio, y se dirigen de nuevo al sofá.

Se escucha el sonido de unos tacones, aparecen las curvas de una mujer en escena, simplemente tratando de sentarse en el mullido sofá. Lo hace relajadamente, se recuesta y se inclina de manera que queda hueco para otra silueta masculina que también se sienta en el sofá, cerca de ella, y se acomoda apoyándose en el pecho de ella, dado que la película les parece interesante a ambos, pero la película ha acabado hace rato, de modo que la ponen de nuevo, y se ríen de las canciones y movimientos de los personajes.

Ambos saben que no se gustan, que sólo son amigos, y que ese hecho no volverá a repetirse nunca, pero nunca es bueno decir que no repetirás los errores, y mucho menos cuando tu propio amigo, va a encubrirte y ayudarte a errar de nuevo.

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MensajeTema: Re: Mi caja de Pandora   Sáb Mayo 30, 2009 3:22 am

"Juegos"


Suena la música de un timbre, en ningún momento ella hubiera pensado que él tuviera un timbre tan “musical”, por no decir ridículo. Le entra la risa mientras piensa que quizá esto no es buena idea, total hace mucho tiempo que no se ven y sólo hablan por internet.

<< -¿Te parece bien a eso de las 8 en mi casa?
-Sí, pero el plan sigue siendo una cena, ¿no?
-Claro, si quieres podemos ver alguna película.
-No, conociéndote será mejor que sólo quedemos para cenar. >>


Y ahí estaba ella, a las 8 de la tarde, frente a la puerta de su casa, tocando un timbre musical y ridículo, y sintiéndose incómoda por ello. Y en ese instante, se abre la puerta y ella reconociendo la cara de su amigo se alegra de verlo. Pero no descubre hasta después de pasados unos segundos que él va vestido con sólo una toalla. Ella se ruboriza, no quiere pensar que él lo ha hecho a posta, pero en realidad sabe que sí ha sido así.

Mientras ella divaga en sus pensamientos, él le sonríe pícaramente, y se acerca a su oído.

-¿No dijiste que no te importaría verme así-susurra-, y que me conoces en todos los sentidos? Pues parece que tus mejillas no opinan lo mismo.
Por parte de ella, sólo se escucha un suspiro, no ha cerrado los ojos, como él había pensando que haría, simplemente ha suspirado, sintiéndose, una vez más, parte de su juego, y alegrándose por ello, al fin y al cabo, le gusta “jugar” con él.

A ese suspiro se le suma una sonrisa de burla, mientras le susurra con toda la delicadeza que es capaz de reunir:

-Quizá mis mejillas no opinen lo mismo, pero ambos sabemos que esa toalla no va a durar más de dos minutos en el momento en que cierres la puerta.
-¿Y si no la cierro?
-Pues nada, que disfruten los vecinos.


En ese momento, las manos de ella, se dirigen en busca de las de él, que están sujetando la toalla, y las desprende de ese simbólico abrazo, la toalla se desliza suavemente al suelo, y ambos descubren con una sonrisa que el juego ha empezado.

Se miran a los ojos, todavía sonriendo, y cierran el espacio, ya mínimo, entre ellos. Ella, juguetona, desliza sus manos por la cadera del chico.

-Espera, que cierro la puerta.
-¿No querías que te vieran los vecinos?
-Sí, pero tú eres muy vergonzosa.
-No van a verme la cara, ¿qué más da?
-Vamos a mi cuarto, estaremos más cómodos-el juego comienza a convertirse en la espiral a la que ambos se han acostumbrado.


El camino, ya conocido por ella, se hace corto, más que nada, porque los besos y susurros de él en su oreja no le auguran precisamente tranquilidad. Se siente caliente, tanto que, sin darse cuenta, ha comenzado a desabrochar los botones de su blusa.

Al llegar a la puerta de la habitación, ella prefiere hacer el juego un poco más arriesgado.

-¿Vamos al comedor?
-¿Qué?
-Ven al sofá-dice adelantándose, para que él la siga.


Una vez llegados al sofá, ella le indica que se siente, mientras se pone a horcajadas sobre él, y le va dando besos. El chico con los ojos cerrados, va desabrochando el cierre del pantalón de ella, ella simplemente se dedica a besarlo y mover delicadamente sus caderas. Los suspiros de él se incrementan de ritmo y al final los últimos botones de la blusa acaban esparcidos por el cuarto debido al violento estiramiento de él.

Ella se ríe, y le muerde despacio una oreja, las masculinas manos del joven le aprietan los pechos por encima del encaje negro, provocándole unos pequeños gemidos e indicándole a él que está lista para pasar al siguiente nivel.

La mueve delicadamente hacia un lado, y la sienta, a su lado, en el sofá, ella, dejándose hacer, se deshace de las sandalias, con un simple movimiento de sus pies.

La erección de él está en su punto álgido, y ella, mientras él le besa el cuello y le acaricia el pelo, se inclina a besar su pene. Se siente poderosa, ahora el final del juego depende de ella.

Lo lame lentamente de abajo a arriba y él le desabrocha el sujetador. Ella se introduce su polla en la boca, y él gime por primera vez desde que esta con ella, cansado de recibir placer y no poder darlo, le acaricia la espalda para que ella se levante, le contempla los pechos, con sus pezones erectos, y pellizca el izquierdo, ella arquea la espalda todo lo que le permite el sofá. La mano libre de él busca su sexo, y para ello se deshace del pantalón y de la ropa interior de ella.

-Ahora estamos en igualdad de condiciones, pequeña-susurra extasiado de placer, mientras agarra el condón que ella llevaba en su bolsillo y se lo pone.

Ese susurro le indica a ella el siguiente paso, vuelve a sentarse a horcajadas sobre él, mientras él se introduce en su interior, entre ambos comienzan a marcar un ritmo conocido para los dos, parecen mecerse tranquilamente entre ese abrazo y los besos, pero realmente ambos están concentrados en entregarse al otro y darle todo el placer que los dos contienen. En cierto momento en la cabalgada, él comienza a acariciarle el clítoris, y ella, llena de ganas, se lame los labios cerrando los ojos.

Ambos vuelven a buscarse las bocas, sedientos del aire que el otro contiene en sus pulmones. Con una embestida más fuerte que las demás, él se viene dentro de ella, pero sigue acariciando el sexo de ella, de manera que pocos segundos después con un brusco beso en el cuello de él, ella se corre. Ambos sudados de pasión y sexo, sonríen.

-¿No habías venido a cenar?
-Sí, pero hemos empezado por el postre.


Y los dos, todavía riendo, se ponen un poco de ropa encima para empezar a disfrutar de la cena, sabiendo que probablemente después repitan el juego del postre.

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